| Artículos sobre el pueblo judío |
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Intervención de León Trahtemberg en el panel previo a la película “Los últimos días” (The last days) Dirigida por James Moll y producida por Steven Spielberg 15/8/2000, Centro Cultural Universidad Católica.
La semana pasada tuve la oportunidad de ver la película “Los últimos
días” que veremos a continuación, porque quería que mi participación
en este panel estuviera
inspirada por el impacto de la propia película. Sentí que Moll y
Spielberg habían logrado algo fascinante, usando el ABC de la pedagogía;
es decir, empezar por lo concreto, la historia de vida de 5
sobrevivientes reales, para dejar que luego los espectadores puedan
imaginar la totalidad del genocidio. Y creo que lo logra con creces Esta
película conecta al público con el horror del Holocausto, con
suficientes imágenes documentales como para conectarse con la verdadera
magnitud de los hechos, pero dejando el suficiente espacio de
razonamiento como para seguir de cerca los testimonios y las preguntas
que se hacen los protagonistas. Es
una película que refleja el terror y horror del Holocausto, pero a la
vez muy humana, porque desciende al mundo de los afectos de los
sobrevivientes para conocer sus razones y el origen de sus fuerzas para
seguir viviendo. Quizá el argumento más poderoso es la de aquella señora
que relata cómo llegar a ver nietos de su descendencia significa el
retorno a la vida. Es
una película muy familiar porque nos habla de la ciudad, de los padres
y hermanos, de los vecinos,
del tendero, del maestro, del policía, del alcalde, del chofer, la
mayor parte de los cuales de la noche a la mañana desconoció su
amistad y cordialidad con los judíos, para convertirse en
crueles enemigos. ¡Qué jugadas juega la vida! ¡Ver convertido al
mejor amigo en el peor enemigo!
Es
una película didáctica. Le enseña a la gente los hechos y le ayuda a
reflexionar sobre estos hechos. Enseña también a no transar con el mal
y con la impunidad. Recuerdo
que en una oportunidad en que participé en una charla sobre el
Holocausto uno de los oyentes me preguntó ¿porqué siguen dándole
cuerda al tema del Holocausto? ¿Porqué no olvidar y perdonar? ¿Porqué
ese deseo de venganza? Le
respondí que no se trataba de venganza, aunque la entendería. Se
trataba de justicia. Cuando un delincuente comete un crimen la sociedad
lo sanciona, pero no por venganza, sino por justicia, porque las
personas deben pagar por las consecuencias de sus actos. Cada vez que
recordamos el Holocausto hacemos justicia con las víctimas inocentes.
Pero hay otras razones para recordar Recordamos
el Holocausto porque nuestros muertos merecen de nosotros cuando menos
un kadish. El plan nazi era condenar a los muertos judíos al
anonimato de las cenizas no enterradas. Honrar su memoria es un acto de
justicia, que permite devolverle nombre, apellido e identidad a cada una
de las víctimas, y eso exige recordar. Recordamos
el Holocausto porque al recordarlo tocamos las partes más oscuras de la
historia de la humanidad y del hombre, que siempre hostilizó y persiguió
al diferente, que procuró someter o eliminar a las minorías, que fue
intolerante con quienes pensaran diferente.
Recordamos
el Holocausto porque no podemos aceptar la tesis que sostiene que para
que unos vivan bien, los otros tienen que morir. Recordamos
el Holocausto porque es nuestro aporte a la humanidad. Si las víctimas
no recuerdan, los
victimadores no recordarán. Son las víctimas de Pol Pot, Saddam
Hussein, Pinochet, Videla, Abimael Guzmán, y ahora los dolientes de la
AMIA los que deben recordar si quieren lograr justicia y prevención. Son
las víctimas de Hítler las que deben recordar, porque los nazis harán
todo lo posible para distorsionar, olvidar y que otros olviden. Recordamos
el Holocausto porque ello tiene un enorme valor preventivo: sin este
episodio no habría tenido su Partida de Nacimiento en la versión que
hoy conocemos, la Declaración Universal de los Derechos Humanos del año
1948, que
no por casualidad es también el año en que nace el Estado de
Israel. Recordamos
el Holocausto para hacer justicia a gentiles como Raoul Wallenberg quien
arriesgó su comodidad de diplomático sueco y su propia vida para
ayudar a su prójimo judío en aprietos, logrando salvar decenas de
miles de vidas humanas, dejando un testimonio histórico de lo que se
puede lograr contra la adversidad cuando los principios prevalecen sobre
las conveniencias. Recordamos
el Holocausto, porque con ello sacudimos la conciencia de los cristianos
y miembros de otras confesiones, que a partir de la constatación de las
tragedias que ocasiona la intolerancia religiosa revisaron su relación
con el pueblo judío. Recordamos
el Holocausto porque aún no terminó. El neonazismo es el hijo legítimo
del nazismo, que levanta cabeza y se abre paso aprovechando el olvido y
la indiferencia. Recordamos el Holocausto para no dejar de preguntarnos las preguntas sin respuesta, como la del sobreviviente húngaro que verán en la película preguntándose porqué si Hítler en 1944 ya sabía que iba perdiendo la guerra, distrajo trenes, oficiales y pertrechos para acelerar la deportación de los judíos húngaros que aún no habían sido enviados a Auschwitz. Recordamos el Holocausto porque con eso le damos una razón para vivir a los sobrevivientes que reconstruyeron sus vidas. Porque eso le da una historia y una memoria a cada uno de los hijos y nietos del segundo matrimonio de los sobrevivientes del Holocausto, para los cuales tener descendencia se convirtió en una misión de vida, una expresión de lealtad para los muertos, y una respuesta rebelde y digna a los designios del nazismo. En
lo personal recuerdo el Holocausto porque yo estuve allí. Porque soy
cada uno de los muertos, y soy cada
uno de los sobrevivientes. Si Hítler y los nazis hubieran completado su
plan, yo no estaría aquí
hoy. Cuando un sobreviviente habla de que perdió a su familia, que ante
sus ojos le arrebataron sus hijos para aniquilarlos, yo pienso en mis
hijos. También mis hijos estuvieron
allá. Estuve allí. Estuvimos allí. Estamos recordando a nosotros
mismos.
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